Proyección de la acción sindical

Luis Emilio Recabarren

 

Publicado en Buenos Aires en 1917 por los Talleres Gráficos de "La Vanguardia"

 

 

 

Desde que el obrero y empleado comprenda que es explotado, desde que el obrero perciba que puede mejorar su condición, sentirá la necesidad de unirse a sus demás compañeros de trabajo y comprenderá el valor de la unión.

 

Mientras el estado de razón del obrero y la obrera, el empleado y la empleada, no se desarrolle no madure, no será posible que comprendan las "causas" que producen su miseria, ni los "medios" que existen para remediar esos males.

 

Este estado de ignorancia, de insensatez de la clase trabajadora, en el presente momento histórico no puede modificarse favorablemente para su bienestar sino por la acción de la organización obrera y socialista ya existente, cuya unidad fundamental debe ser el sindicato.

 

Y decimos que ese estado desgraciado en que vive la clase trabajadora no puede modificarse sino por la acción del sindicato, porque a su vez las fuerzas de la clase capitalista organizada, se empeñan en alimentar y conservar el estado de insensatez obrera.

 

Estas razones, entre otras, son las que motivan escribir sobre este tema, dedicado más que todo a servir a los iniciados en la organización que a los profanos.

 

Los primeros sindicatos, por pequeños que sean, si se desenvuelven con inteligencia, constituirán, aún en su pequeñez, núcleos imanados con fuerzas atractivas siempre crecientes, capaces de ejercer influencias sobre los que se acerquen a ellos.

 

Por esto estimamos que la alimentación intelectual es de tanta importancia como la física. La inteligencia es la fuerza de las fuerzas. Los asalariados sin acción inteligente no podrán adquirir ningún mejoramiento.

 

La mayor actividad de todo síndico debe profundizarse en el desarrollo de la capacidad intelectual y moral del total de sus adherentes y de sus familias inclusive.

 

¿Por qué? Porque la fuerza intelectual es la que dirige la fuerza material. Y las más nobles aspiraciones de una minoría en el sindicato, no podrán realizarse con el evidente beneficio que se busca obtener, si no se extiende y desarrolla la inteligencia sobre todos. Por estas razones, la actividad educativa en el sindicato debe ser actividad permanente.

 

Esta actividad educacional puede dividirse en dos condiciones fundamentales: primera, ayudar al individuo a completar su capacidad técnico-industrial, sus métodos económico-domésticos, su cultura, para que mientras viva en el ambiente actual, aumente la potencia que le beneficie; segunda, proporcional los elementos de juicio y de examen para que todos los individuos se posesionen de las verdades necesarias para obtener el más claro concepto de la vida, la razón de ser de la existencia humana, la misión de la sociedad humana y la forma en que debe estar organizada para vivir libre y feliz.

 

La forma sintética, abreviada, en que se redactan las declaraciones de principios, programas y estatutos, no son lo necesariamente claras y explícitas para que todas las mentalidades puedan concebir sus más nobles alcances.

 

Es preciso extender la acción de nuestra literatura, en condiciones ilimitadas y libres: el manifiesto, el periódico, el folleto, la biblioteca, la conferencia, la discusión, etc., deben ser medios de actividad permanente. Pues la potencia revolucionaria que debe poseer cada individuo, para llegar al fin propuesto de la socialización de los instrumentos de producción y de cambio con la abolición del régimen de salarios, esa potencia revolucionaria debe formarse en cada individuo como consecuencia de su interés, de su acción examinadora y constructiva de su mentalidad, de la asimilación de ideales de perfección a su individualidad. Si así no se produce este fenómeno de la capacitación individual para la formación de la gran fuerza colectiva que ha de poner en práctica nuestros ideales, resultará que los individuos adquirirán sólo fuerzas y capacidad inadecuadas. Y, en conciencia, eso no lo podemos aceptar.

 

Dadas las condiciones en que vive el proletariado, tan abandonado, tan distraído en lo que le daña, sin capacidad para escoger con inteligencia los medios de su bienestar, no queda otro recurso que el desarrollo de las actividades en el sindicato, por pequeño que sea el principio de su organización.

 

Muchas veces decimos que la masa trabajadora está embrutecida, degenerada, y por ello incapacitada para comprender el alcance de nuestra propaganda, y "convencidos" de que eso es exacto, dejamos pasar el tiempo. ¿No convendría creer mejor que el defecto está en nosotros, que no sabemos explicar que no sabemos indicar a esa masa el porqué de la necesidad de mejorarnos y de organizarnos y el modo cómo necesitamos proceder para alcanzar nuestros fines? Sin nos colocáramos en este punto de vista, quizás desarrollaríamos mayor ingenio para penetrar en el cerebro de la masa, para inyectarle la sugestión necesaria, para interesarla en su mejoramiento.

 

La alimentación intelectual en las mejores condiciones posibles, debe merecer de los sindicatos la más preferente atención, pues a ello está subordinado el orden material de nuestras condiciones de vida.

 

Un sindicato que sólo exista para la conquista de un mejor salario, de algunas horas menos de trabajo de poco más o menos higiene y buen trato en las faenas; un sindicato, digo que sólo de esto se preocupe con la mayoría de sus componentes, será un sindicato de acción estéril, inútil a nuestros propósitos de perfeccionamiento social.

 

 Ningún mejoramiento resultará efectivo, dentro del régimen del salario. Siempre seremos esclavos expuestos a todos los peligros con este régimen.

 

Para hacer desaparecer todas las formas de esclavitud, el sindicato ha de tener por finalidad precisa y clara: la socialización de los instrumentos de trabajo y la consiguiente abolición del régimen del salario. A esta finalidad indispensable nos e llegará solicitando aumentos de salario, ni se llegará capacitando el 5 ó 10 por ciento de los trabajadores.

 

Sin desatender la conquista de todas aquellas mejoras de que sen ocupado hasta hoy los síndicos, se impone a cada momento, con caracteres de urgencia, que la acción sindical despliegue nuevas modalidades, cada vez más inteligentes, que nos vayan habilitando en todo sentido par perfeccionar nuestras fuerzas revolucionarias.

 

Perfeccionar la capacidad de los más capaces, para convertirlos en medios de perfección de la capacidad del conjunto, debe constituir una preocupación seria y continuada de los que ya han visto clara la lucha del porvenir.

 

La uniformidad, más o menos, de procedimientos tácticos, para la orientación metódica, no sería difícil alcanzarla y produciría buenos resultados si nos empeñáramos en ello.

 

Si aspiramos a vivir en una sociedad bien organizada, donde todos encuentren los medios para vivir a su satisfacción, ello no podrá existir si no la sabemos concebir, si no sabemos organizar bien en nuestro cerebro y en el cerebro de la colectividad las vastas proyecciones del "modo" de desarrollarse de aquella sociedad en que pensamos; y si en todo caso "el sindicato" será "siempre", mientras sea necesario producir para vivir, el factor que intervenga en el desarrollo de la producción y de la distribución, entonces ¿no debemos hacer que el sindicato desde hoy sea siquiera el comienzo de lo que ha de ser cada nuevo día hacia el porvenir? ¿No podemos aspirar a que el sindicato inicie los "modismos" de la vida futura? Y para ello, ¿qué hay que hacer?

 

Hacer que todo "sindicato" sea: una escuela cada vez más perfecta y completa, cuya capacidad colectiva, haciendo ambiente, ayude a cada individuo (hombre o mujer, niño, joven o anciano) a mejorar sus condiciones intelectuales, morales y su capacidad productiva con el menor esfuerzo; que sea también una universidad popular democrática que proyecte todos los medios y conocimientos necesarios e indispensables para el desarrollo ilimitado de los conocimientos, y que sea un centro de cultura siempre en marcha a la perfección.

 

Desde este punto de vista, tal debe ser el sindicato. Y para ello, cada adherente debe dar todo el concurso que esa obra exija.

 

Si esto no se convierte en "hechos", bien distante vemos la realización de nuestros anhelos.

 

No debemos olvidar nunca que si para reparar nuestras fuerzas físicas tenemos que alimentar el estómago, para reparar y desarrollar las fuerzas intelectuales que ciertamente dirigen las fuerzas físicas debemos también alimentar el cerebro cuidadosamente.

 

Como el ambiente de la época no es del todo propicio para que la clase obrera se resigne a lo rígido de la enseñanza y del progreso de su cultura y de su saber, se hace "preciso" preocuparnos, al combatir la ignorancia y llevar a la mente obrera conocimientos científicos y filosóficos útiles, mezclar esta enseñanza lo más continuamente con actos recreativos y alegres que amenicen la severidad de la ciencia y la austeridad de la filosofía.

 

La enseñanza científica y filosófica, mezclada unas veces con bailes y fiestas teatrales, con representaciones cómicas o dramáticas, pero instructivas también, y otras veces con paseos campestres, y siempre reunidas todas las familias, atraerá mayor número de concurrentes y sus resultados serán mucho más benéficos y más rápidos sus frutos.

 

 

 

El objeto del sindicato no podrá alcanzarse sino mediante la existencia de una fuerza colectiva, cuyo valor consiste en la más perfecta educación de esa fuerza.

 

Educada e instruida la fuerza colectiva en el objetivo que le ha dado existencia, su aplicación debe ser obra inteligente y metódica. Para emplearla debemos tener siempre presente el programa de nuestras aspiraciones.


La fuerza aplicada para obtener la mejora del salario, la disminución del horario, el mejoramiento del trato y de la higiene, deben conceptuarse tan sólo como medio y ensayo que nos revele el valor de esta fuerza destinada a la noble labor de organizar la sociedad en la forma que nos libre de la esclavitud y de la miseria.

 

La mejora del salario y demás anexos porque hasta la fecha se ha luchado, sólo podemos considerarla como lo más insignificante de nuestras conquistas y como actos preparatorios para nuestra labor del provenir.

 

Cuando pensamos que el sindicato debe ser una fuerza competente para establecer el bienestar social, debemos admitir que esa fuerza debe alimentarse para obtener beneficios de dos maneras fundamentales.


Primera, los beneficios que se puedan obtener sin molestar para nada a la clase capitalista.

 

Es decir, los beneficios que se puedan obtener sin molestar para nada a la clase capitalista.

 

Es decir, los beneficios que produzcan la propia acción interna del sindicato.

 

Segunda, los beneficios que deban obtenerse de la lucha con el capital para aminorar la explotación y hacer desaparecer toda forma de subordinación humana.

 

Estas dos maneras pueden ir luchando paralelas. Es digno establecer que la fuerza sindical, al desarrollarse, vaya formando ambiente capaz de influir en el ánimo individual y colectivo.

 

Si la fuerza del sindicato da a los afiliados mejor salario y menos horas de trabajo, es justo velar porque este beneficio no se dedique al vicio y a la degeneración, porque entonces no resultará obra redentora ni libertadora.

 

No debemos desconocer que en el ánimo de la clase explotadora y opresora ejerce influencia moral y material la calidad moral y culta del explotado.

 

Los obreros más capacitados, más cultos, más honestos generalmente son mejores rentados y considerados que aquellos obreros, que desgraciadamente, no disfrutan de esas ventajas. Por esto, la fuerza colectiva del sindicato no debe olvidar este factor.

 

Todavía debemos convencernos de que los individuos más capaces, más honestos, constituyen las fuerzas más efectivas. El sindicado que logre formar el mayor número de individuos capacitados y moralizados hasta el más alto grado posible y siempre en progresión, será el que avance más en el terreno de las conquistas efectivas, el que se acerque más pronto a la socialización de los instrumentos de trabajo, a la abolición de la esclavitud disfrazada con el nombre de salario. No se trata de meros sentimentalismos, ni de una moral de sacristía, inadmisible para nosotros. ¿Se han tomado en cuenta estos factores en el transcurso del pasado? ¿Se necesitará tomarlos en cuenta para hoy y en adelante?

 

El valor debe ser real para que ejerza influencia efectiva y permanente. La fuerza, si es efectiva, produce el resultado que se busca con su aplicación. Un sindicato no triunfará en una acción emprendida, si para el objetivo que se propone no tiene la "fuerza adecuada", moral y material a la vez. Si examinamos el valor de esta expresión, la encontraremos exacta a la verdad.

 

El sindicato no solamente debe ser también la fuerza que eleve el salario, sino que también la que garantice su mejoramiento progresivo, primero, y su desaparición después.

 

No resultará efectivo el aumento del salario si los obreros no asociados se conforman con salarios inferiores, y si el sindicato no exige para todos un igual salario e igualmente exige la asociación de todos. Por esto de día en día nuestras proyecciones futuras deben basarse en exactitudes, en concretos, desde todo punto de vista.

 

Tomemos un ejemplo: Un sindicato que -subdividido en os grupos que la industria obligue- cuente con un número de cotizantes equivalentes al 80 por ciento del total de obreros que trabajan en ese ramo, cuya preparación moral y educativa esté en relación con lo antedicho y que su potencia se revele:

 

 

 

 

 

 

 

 

Un sindicato en estas condiciones tiene las probabilidades del éxito a su favor.

 

Cuando esta clase de sindicato empeñe una reclamación, si es parcial, el patrón afectado, informado del estado del sindicato, verá frente a él, por pequeño que sea el número de obreros que reclama, verá, decimos a todo un poder organizado, capaz para la huelga, para el boicot y para la perfecta solidaridad; si el acto toma el aspecto de una huelga general, la influencia será siempre poderosa. Esto es cuanto al efecto para la clase patronal; y la clase obrera, a su vez, evidentemente convencida de su capacidad moral y material, sabe que va a una lucha sostenida por una fuerza irresistible.

 

Eso es lo que queremos.

 

Ahora veamos: ¿qué efecto producirá a la clase patronal la fuerza de un sindicato, que sobre ocho mil obreros, apenas cuenta con mil quinientos cotizantes, y de éstos apenas el diez por ciento forma la asistencia ordinaria de las reuniones y toda su marcha no es tan atrayente?, y ¿qué efecto producirá para los mismos componentes de este sindicato?.

 

Cada uno de los afiliados no reconocerá que tenga una fuerza valiosa, y esta verdad influye en su moral.

 

Repetimos: solamente la capacidad intelectual, la cultural, la moral, son condiciones "generadoras" de fuerzas reales, progresivas, capaces de existir mientras existan los medios que las generan.

 

No vivamos de ilusiones, de "por si acaso". No pretendamos generar fuerzas útiles, para la acción de los sindicatos, de elementos incompetentes.

 

Organicemos todo lo que podamos organizar, pero demos a cada organismo todos los medios para el desarrollo de la capacidad personal.

 

Así el valor de la fuerza colectiva será el resultado del progreso de cada individuo y ésta será, a nuestro juicio, la única fuerza que tenga la virtud de realizar la perfección de toda la sociedad humana.

 

III

 

 

 Como Que la mayoría de los sindicatos ha carecido del suficiente desarrollo de su conciencia, no se ha podido obtener hasta la fecha la perfección de su organización desde el punto de vista de la elevación de la cotización para proporcionarnos los beneficios más indispensables a nuestras necesidades.

 

Los asalariados son tímidos por naturaleza debido al ambiente en que se desarrolla su condición de productores. Esta circunstancia influye para que rehuyan asociarse. Pero lo monstruoso de la explotación ha podido más que el temor, y los más ambiciosos de cultura se han adelantado y ha fomentado la organización obrera, con fines de mejoramiento.

 

El período primario de la organización atraviesa por muchas vacilaciones e incoherencias. Unos sólo quieren revisión societaria. Otros mejoramientos de sus salarios. Unos pocos han ido más lejos.

 

Bien. Todo es necesario. No pudiendo separarnos de la realidad en que vivimos y SINDO el total de las conquistas que vamos obteniendo en la lucha con la clase capitalista siempre insuficiente, porque siempre crecen nuestras necesidades y nuestras aspiraciones, el buen sentido nos aconseja no esperar "todo" de las victorias en la lucha contra la explotación, sino que nos aconseja "crecer" nosotros mismos los medios de nuestro mejoramiento, manteniendo todos nuestros objetivos.

 

El más alto salario que conquistemos no nos privará de la miseria en algún "paro forzoso", en enfermedad o en desgracias de familia. No podemos esperar que la clase capitalista abone salarios cuando no haya trabajo, o cuando estemos enfermos. Entonces, ¿por qué no hemos de ser previsores? ¿Acaso la previsión nos hará postergar la realización de nuestros objetivos, basados en la abolición del régimen del salario y en la socialización de los instrumentos de trabajo?

 

No. La conciencia que se debilite ante una pequeña conquista no será competente para alcanzar la finalidad. Al contrario, creo que mientras más satisfechos nos sintamos, más preparados macharemos a la labor final. El sufrimiento y la incertidumbre abaten.

 

Para que un sindicato reúna más rápidamente las fuerzas que necesita ha de establecer los siguientes servicios: protección por enfermedad; protección por vejez e invalidez; protección en la desocupación; fondos para huelgas.

 

Aparte de estos servicios indispensables, que a la par que atraen a los trabajadores por lo inmediato y lo útil de los beneficios, los unen y los preparan para las luchas futuras aparte de esos servicios, todo sindicato ha de tener los fondos suficientes para su indispensable administración, para la divulgación de sus principios, para la propaganda necesaria a unir la totalidad de los obreros del gremio o industria respectiva, y para la más importante de sus obras: la cultura, la ilustración y la capacidad progresiva de todos sus individuos y sus familias, inclusive.

 

Este indispensable programa de labor no se puede realizar con la miserable cuota que se ha acostumbrado en los sindicatos. La excusa que siempre se ha presentado, que es para facilitar el ingreso de asociados, ya no tiene razón de ser, cuando vemos por experiencia que la baja cuota no ha sido un medio de prosperidad de ningún sindicato. La cuota debe estar, pues, en armonía con las necesidades que el sindicato debe llenar.

 

Mi opinión sería que la cuota fuera siempre equivalente a "un día de salario" cada mes. De esta manera la cotización será más justa y más llevadera. Cada vez que se conquiste un aumento de salarios, junto al beneficio que signifique para el personal que lo conquista, será un beneficio que aumente el poder del sindicato. Este temperamento significará también una fuerza impulsiva que obraría repartiendo sus ventajas entre el sindicato y sus afiliados. Despertaría igual interés APRA el mejoramiento del salario, tanto al sindicato como a cada afiliado en particular. Es una fuerza "síquica" que nace y opera e incita a la lucha altruista y aleja todo sentimiento mezquino.

 

Si la cuota se aporta a la caja del sindicato, en justicia, en proporción a la capacidad económica de cada cual, el sindicato debe responder en el reparto de los beneficios con igual sentimiento de justicia.

 

A los desocupados, dos clases de subsidios: uno cuando significa salario más importante del hogar, el otro cuando es salario secundario. , Si el desocupado representa el único salario en su hogar, debe gozar del beneficio superior.

 

A los enfermos, en igualdad de condiciones que los desocupados en cuanto a subsidio pero iguales todos en cuanto se otorguen servicios médicos y farmacéuticos.

 

En las huelgas, el mismo criterio.

 

En la obra cultural y educativa, su acción ilimitada, puesto que allí obra más la naturaleza.

 

Nuestra moral debe proclamar este principio: "A casa cual según sus necesidades".

 

Nadie podrá negar que en la actualidad los más grandes y poderosos sindicatos son aquellos que han conseguido desarrollarse conforme a estas condiciones más o menos, que llamamos a base múltiple.

 

Entonces, ciertos de que la conciencia, aunque produzca mucha luz no produce combustible, encaminemos nuestras actividades a lo que más positivamente reclaman las materiales necesidades del momento.

 

Es natural, es lógico, que la mayoría de los proletarios, debido al ambiente en que viven no pueden darse cuenta de inmediato del valor de la asociación para fines de mejoramiento, y debemos recurrir a los beneficios inmediatos y fáciles para despertar en ellos ese interés y obtener entonces que su fuerza sirva a su mejoramiento inmediato y a su redención completa.

 

No. No creo que debamos colocar esos pensamientos como en una especie de medios de sugestión y atracción. Debe ser en realidad un propósito de crear "servicios" que nadie mejor puede atender que los mismos necesitados.

 

Y también poner en práctica nuestros sentimientos de solidaridad de clase.

 

La fuerza reside bajo la inmediata dirección del cerebro. Una sociedad superior supone un cerebro superior. La actual sociedad la condenamos por mal organizada, puesto que da malos frutos, ¿y pretendemos pedirle a los que con esa sociedad están conformes que la organicen bien? Eso es un absurdo. Somos "nosotros" los que debemos iniciar la organización de la sociedad humana, que supone una multitud de servicios indispensables.

 

Cuando lleguemos a organizar y hacer funcionar los sindicatos, con casi la totalidad de los obreros de cada industria, cuando la capacidad del sindicato se revele y se manifieste por sí misma, entonces estará la capacidad colectiva del proletariado competente, y avanzará en su vida verificando día por día verdaderos progresos.

 

Pero esa fuerza sindical no se adquiere con obreros miserables de físico y de mentalidad; con cuotas ridículas y con un número escaso de obreros de la industria respectiva.

 

Mientras permanezcamos indecisos para crearnos una organización competente, mientras no podamos disponer del dinero necesario a nuestros proyectos, las fuerzas que gastemos en querer hacer funcionar un mecanismo incompleto sólo conseguirán agotarnos o nos darán, cuando más, pobres resultados.

 

Adoptemos resueltamente la cotización más elevada posible -ojalá el sistema de dar un día de salario cada mes-, y veremos que tras una buena administración ha de venir el progreso respectivo.

 

IV

 

 

 El sindicato que cuente con fuerzas capaces no debe tolerar que haya obreros no asociados, y, por lo tanto no debe permitirles trabajar si insisten en no asociarse.

 

Cualquiera que sea el título que a esta "obligación" se le dé, así se califique de despotismo, tiranía o infamia, no tendrá ninguna razón ni fuerza moral bastante ante los sanos efectos, ante los eficaces buenos resultados que esa "tiranía" ha de producir.

 

El obrero no asociado será siempre un gran peligro para los obreros asociados. Será el candidato a "carnero", a traidor en todo movimiento. Será, más que todo, el parásito, el zángano que goce del aumento de salarios conquistado con riesgos ajenos, a lo cual podrá renunciar en cualquier momento, poniendo en peligro de bajar el salario ante cualquier engaño o halago del patrón. Sin condenamos en parasitismo burgués, debemos condenar el parasitismo obrero.

 

Cuando los obreros no asociados estén en mayoría o en fuerte minoría en cualquier faena, no habrá ninguna garantía para los asociados, que pueden ser expulsados o anulados por cualquier medio para combatir al sindicato.

 

Nada vale una presunta "libertad individual", un supuesto "yo" que carece de capacidad para apreciar el valor de su personalidad como unidad y como factor de la colectividad. Para que el "yo" o la "individualidad" signifiquen valores, ha de haber una colectividad capaz de distinguirlos, y si esos "yo" no se suman a lo colectivo, no se revisten de valor.

 

Cuando un obrero pertenece a un sindicato que cuente con cien, con mil o con diez mil socios, ese "yo" vale tanto como todos juntos. Si ese obrero se presenta ante el patrón a hacer algún reclamo, el patrón tomará en cuenta de inmediato el número que representa según la capacidad de la organización. Supongamos una ciudad que tiene cien mil obreros organizados y federados. Un obrero asociado en un taller cualquiera, valdría por toda la colectividad. Un obrero no asociado, que no tenga tras él ninguna solidaridad, no vale nada; luego ese "yo" es un cero a la izquierda.

 

Pues si de alguna manera puede aparecer el "individuo" poderoso, invencible, y que su libertad individual" sea digna, será cuando esté convertido en unidad de una colectividad, que su individualidad junto a las otras hace "todopoderosa". Y desde el momento en que, en verdad, nada pierde de valor el individuo con asociarse para un fin que resulta común e indispensable realizar, no hay razón para tolerar ese "estado de privilegio" disimulado en que muchos quieren colocarse, no asociándose.

 

Si somos los menos capaces y los que tenemos menos fuerzas para realizar nuestros ideales de justicia, mayor razón para que usemos los medios que están a nuestro alcance cuando ellos no son inmorales para alcanzar el fin propuesto.

 

No es justo que unos obreros disfruten de un aumento de salarios u otras mejores que no piden, o que aún se oponen a ello quedándose en el trabajo; pero tampoco podemos tolerar, cuando triunfamos, que "esos" se queden con el antiguo salario, porque implica un serio peligro para nuestra conquista. Si compartimos con ellos nuestra conquista, obtenida a precio de peligros y riesgos, ¿por qué no hemos de "obligarles" a ser nuestros compañeros, a contribuir con nosotros a robustecer nuestras fuerzas, si es también en beneficio de ellos mismos?

 

En tiempo de epidemia, nadie tolera "un atacado" en medio de gente sana, porque es un evidente peligro de contagio y de muerte para muchos.

 

Es el mismo caso, pero con un peligro mayor todavía, porque la enfermedad de la miseria significa una agonía dolorosa y prolongada.

 

El obrero refractario a asociarse es un "pestoso" que lleva gérmenes activos capaces de dañar todo lo bueno que puedan hacer los demás. Es deber "sanarlo" conquistándolo, y si no quiere, es deber "aislarlo" con el saludable boicot, no permitiéndole trabajar al lado de individuos que le apreciarían, pero que él no quiere apreciar.

 

Podrá parecer doloroso el remedio; pero es más doloroso no poder progresar a causa de esas rémoras que pueden desparecer con un poco de voluntad de nuestra parte, y aún convertirse en elementos útiles.

 

Los obreros asociados que toleran que a su lado trabajen obreros no asociados, cualquiera que sea el pretexto que aduzcan, conservarán a su lado fuerzas capaces de anularlos y de impedirles su progreso y el progreso del sindicato. Significará hasta un suicidio voluntario. Es el peligro permanente. Es la conspiración constante a favor del malestar. ¿Por qué no nos libramos de este peligro evidente?

 

Presumimos respetar la libertad ajena de aquellos que conspiran contra nuestra libertad, que va unida al bienestar. ¡Qué lamentables son nuestros errores¡

 

Se nos pide respetar una "voluntad" individual que por la conducta que asume es un elemento en el mejor de los casos, "conservador" de las formas de la explotación y de la opresión dominante de todos los males.

 

Igual que no nos dejaríamos asesinar voluntariamente y desviaríamos la mano del que pretendiera quitarnos la vida, igual no debemos permitir, pudiendo, que se prolongue nuestra hambre y la satisfacción de todos nuestros deseos, y debemos anular las fuerzas que nos sujetan al hambre, y debemos desviar la mano que mide la ración de vida sosteniendo un mal salario.

 

En toda la lucha que se encare, de hoy en adelante, debe ir esta cláusula indispensable, ya adoptada por algunos gremios: "en ninguna época se admitirá en el trabajo, obreros no asociados o que no estén al corriente en el pago de sus cuotas".

 

Si el sindicato es la única fuerza "todopoderosa", la única capaz de mantener las conquistas y de obtener otras, de suyo aparece necesario no sólo cuidar que sus fuerzas morales y materiales, dentro y fuera, se mantengan y se alimenten, sino que es deber velar porque progresen y por anular todas las fuerzas que luchen contra él.

 

Si obligo a un obrero a asociarse es hacerle un bien que no comprende, no debemos vacilar en ejercer esa presión, por elegante que parezca el sofisma que venga a defender una "libertad individual" representada en un "carnero" o en un ignorante.

 

Si hemos de aplicar con todo rigor la fuerza al poderoso para que no usurpe con tanta ferocidad nuestro bienestar, con el mismo criterio debemos aplicar esa misma fuerza al débil que, por servilismo, va a robustecer la fuerza del poderoso en contra del sindicato, que es su salvación y el guía de su grandeza futura.

 

El mayor número de asociados produce mayor valor moral agregado al material que significa la asociación y hace invencible al sindicato. Ante esa fuerza moral y material, la clase capitalista no se atreve a luchar, y accede a sus peticiones.

 

Estas afirmaciones no pueden ser negadas, ni su exactitud ponerse en duda.

 

La grandeza, redentora del sindicato no puede tener por base "la tolerancia", sino "la voluntad inexorable" de nuestra conciencia y de nuestra moral para producir el bien común.

 

Y mientras vacilemos en adoptar estas necesarias medidas, el explotador y el "carnero" nos llevarán la superioridad funesta a nuestros nobles fines.

 

V

 

 

El sindicato, aunque estuviere, por la condición de su industria o profesión, destinado a ser puramente masculino, debe crear un concepto respecto a las mujeres y los niños. Mientras subsista el sistema de producción capitalista, tendremos en nuestras mujeres y niños el peligro de la competencia en los salarios.

 

Es a la mujer y al hijo del obrero que la clase capitalista arrastra a servirle de instrumento para arruinar el salario de los jefes de hogares. Son la mujer y los hijos del obrero quienes llegan a fábricas y talleres a reemplazar a sus propios maridos y padres por salarios más bajos, arrojando a la calle a los obreros con salarios más altos. Se arroja a la calle a obreros competentes que han alcanzado el mejor salario, con pretexto de crisis y otras circunstancias y se van reemplazando con aprendices y con mujeres que se conforman con salarios ridículos.

 

Ese es el sistema capitalista.

 

El sindicato se constituye y se desarrolla para combatir ese sistema. No puede, pues, prescindir de contemplar y de resolver lo relativo a la presencia de las mujeres y de los niños.

 

Necesita, entonces, establecer declaraciones concretas: el número y condiciones de los niños de ambos sexos en los talleres o fábricas limitado a las condiciones que el sindicato estime aceptable, y el trabajo de las mujeres regido en las mismas condiciones que el de los hombres.

 

Aparte de las condiciones reglamentarias que establezca el sindicato, la labor educativa a este respecto debe ser preponderante, para extender a toda la masa obrera los conceptos que al respecto debe dominar, que resulten en la práctica benéficos a los caros intereses del proletariado.

 

Un obrero, que aunque gane un mal salario, podría someterse a vivir en ese solo salario con su esposa, hoy arrastrado por su ignorancia que le abulta más su necesidad, estimula a su compañera a que busque trabajo, y a sus hijos, cuando los tiene y están en edad. El obrero que así obra no se da cuenta del mal que se hace a sí mismo.

 

El sindicato, que resultará el foco irradiador de experiencias, de enseñanzas y de sabias conclusiones debe concretar los conceptos a esta claridad.

 

Una de las más grandes conveniencias del obrero, mientras toleremos este régimen capitalista, consiste en que se disminuya el número de brazos de que pueda disponer la clase capitalista. Es sencillo el problema: a abundancia de brazos, baratura del salario; a escasez de brazos, elevación del salario.

 

El obrero no puede dudar de esta verdad. El sindicato, de una inteligencia superior que el individuo, debe desarrollar el conocimiento de esos valores, y conjuntamente con todas las acciones que el sindicato desarrolle, puede extenderse este concepto; "sólo deben trabajar las mujeres y los niños en cuyas familias no se disponga de otro recurso para vivir".

 

Si el obrero acosado por el mal salario ve empeorarse su situación porque merma el salario de las mujeres y niños que de su familia trabajan y se someten a esta táctica, no tardará en palpar los efectos de la disminución de brazos en las industrias y entonces será la ocasión del cambio a nivel de la balanza económica del obrero.

 

Entre o todos los medios a que debe recurrir el sindicato, éste no carecerá de importancia para acelerar el desquiciamiento de la torpe estructura de la sociedad capitalista.

La mujer de u hogar, si es juiciosa, tendrá siempre en qué ocuparse en su casa y tiempo para perfeccionar su mentalidad, su moral y su cultura.

 

En nuestros medios obreros es una fatal rutina que la mujer que no vende su fuerza de trabajo, pasa horas y horas en la ociosidad.

 

Cuando el sindicato comprenda mejor su misión y pueda apreciar que con la capacitación creciente de toda la familia obrera, especialmente de la mujer y del niño, recibe también parte de su futura fuerza para la "socialización", entonces el sindicato atraerá a las mujeres y niños en sus horas de ociosidad a llenar las bibliotecas para arrancar de ellas la sabiduría que falta en tanto cerebro.

 

El sindicato que comprensa estos valores, no podrá apartar de su vida rutinaria la costumbre de propagar educación e ilustración que fomente la perfección de la vida doméstica, que eleve la capacidad de la mujer y del niño que forman el hogar de sus asociados.

 

Es preciso que el sindicato amplíe sus horizontes de acción, porque si su misión es contribuir a transformar el régimen estúpido en que vivimos, no puede reducir su acción a la grosera lucha del presente, y el reemplazo de su régimen por otro presume la capacitación del elemento que ha de conducir los pasos del nuevo régimen.

 

El número de las mujeres y de los niños de las familias de los trabajadores supone una población mucho más numerosa que el total de los obreros.

 

Una ciudad que cuente con cien mil obreros, supone por lo menos trescientas mil personas entre esos obreros. Si esos cien mil obreros pretendiesen una acción transformadora, ¿qué concurso moral e intelectual "consciente" aportarían sus familias?, ¿Estima el sindicato secundario ese aporte y esa preparación? Seria un gravísimo error.

 

Que la incompetencia moral e intelectual de la mujer obrera es una realidad bochornosa lo prueba el hecho brutal del ridículo salario que merece su trabajo, del aterrador desarrollo de la prostitución y de la nulidad que en general representa en el concierto de la organización obrera.

 

Si se ha luchado y se lucha formidablemente para que el obrero comprenda el valor de la organización y de la capacitación intelectual y moral, esa lucha debe comprender, aunque requiera mayores esfuerzos, debe comprender, decimos, la necesidad de atraer y de interesar a las mujeres y a los niños en la labor de la "alimentación y robustecimiento de la acción sindical, cada vez más perfecta y más completa, en el sentido de que esas fuerzas femeninas e infantiles, robustecidas por la conciencia, se sumen a las nuestras para la labor presente y para la labor futura.

 

Si el ridículo salario de la mujer y la criminal explotación del niño, que derrumba el salario del obrero, son causas fundamentales en todo sindicato debe contemplar y atender, por razones de defensa de los medios materiales de vida, hay que convenir que aunque no existiera ese pavoroso fenómeno, no es menos fundamental para el sindicato, en cuanto es "fuerza directora de la sociedad futura", incluir en la esfera de sus actividades la personalidad de la mujer y del niño en cuanto se refiere a la expansión de los medios morales que deben fortalecer la vida futura.

 

Si en el desarrollo de la vida del futuro, que auspicia y prepara la organización obrera y socialista, no va al lado de la intrépida inteligencia del hombre el sentimiento tierno, sublime e inteligencia de la mujer y la viva precocidad de la infancia, esa sociedad futura que decimos preparar no nos daría la nueva modalidad de la vida en que soñamos.

 

Para que todos esos elementos entren en la "combustión" de la vida futura, es indispensable que su iniciación proceda en el momento del desarrollo de las fuerzas obreras en todas sus formas, pero especialmente en el sindicato.

 

Mientras las mujeres y los niños continúen indiferentes, alejados, prejuiciados y divorciados del sindicato, no es exagerado afirmar que "constituirán" fuerzas contra el sindicato, alimentadas por la ignorancia, por la dispersión en que viven y por la "habilidad" religiosa que hasta ellos llegue.

 

Pero si el sindicato, y todo organismo obrero, socialistas, cultural, "acerca" a su seno todo ese elemento, que es carne y sangre obrera, que es vida martirizada, resultará todo ese elemento nueva fuerza confortante, alimentadora del sindicato, y éste con su capacidad moral y material así robustecida estará más dignamente habilitado para afrontar su delicada misión bajo una responsabilidad más superior.

 

VI

 

 

Conviene estudiar este punto de vista que siempre los sindicatos eluden afrontar, en la esperanza de que eludiendo estudiar esas cuestiones, la clase obrera puede unirse en mejores condiciones.

 

No nos preocupemos de cuestiones políticas ni religiosas, decimos, dentro de los sindicatos, para que, a nuestra organización vengan todos los obreros sin distinción de ideas; y, dicho sea de paso, quizá poco han crecido los sindicatos con esa previsora medida.

 

Nos guía un propósito económico y social, que puede considerarse fuera de los asuntos políticos y religiosos, y por eso debemos concretar todas nuestras actividades al "objetivo primordial" y si se puede nos ocuparemos secundariamente de aquellos asuntos que son de conciencia. Así nos explicamos las cosas, y así hasta la echa hemos razonado y nos hemos conformado.

 

Aclaremos la situación:

 

Queremos nuestra prosperidad económica y social. Restringidas nuestras aspiraciones y nuestras necesidades urgentes a la mínima expresión encontramos siempre que lo menos que queramos afecta y hiere los actuales intereses de la clase capitalista, la que tiene como principales factores de defensa el "arma política" y el "arma religiosa". Con el arma política crea las leyes y las fuerzas para defender sus privilegios, para amparar su obra explotadora del trabajo, para garantizar la perpetuidad o continuación de su actual modo de obtener rentas ilimitadas. Con el arma religiosa somete las rebeldías que se sublevan ante el dolor, apacigua las ansias de justicia, sugestiona haciendo creer a muchos en la vida del alma, y les hace concebir esperanzas de una felicidad eterna póstuma, si aquí y ahora se resigna a sufrir con paciencia.

 

La clase capitalista utiliza las fuerzas religiosas y políticas para defender sus privilegios y para "prever" y evitar el desarrollo de las fuerzas reinvindicadoras de la justicia y de la moral.

 

Es evidente que nuestra abstención o nuestra despreocupación sobre las cuestiones políticas y religiosas obra en perjuicio de la misma acción que pretendemos realizar en pro del bienestar proletario.

 

Si podemos comprobar que la acción religiosa nos ataca directa y activamente y debilita la acción y el desarrollo del sindicato, aún cuando éste sea riguroso e no preocuparse en asuntos religiosos, y si podemos convencernos de que la acción religiosa impide que venga al sindicato un buen número de obreros y obreras, no hay razón que deba atemorizarnos para afrontar el examen de los asuntos religiosos, por medio de conferencia, manifiestos y otros procedimientos cultos, a fin de ilustrar permanentemente la mentalidad proletaria.

 

Consideramos el problema desde un punto de vista más positivo: supongamos que las fuerzas religiosas existentes equivalen a la cifra 90 y que las fuerzas obreras equivalen a 10. La posición arbitraria de la cifra nos revela una diferencia enorme. Sin embargo, la realidad es todavía más monstruosa. Los obreros juiciosos podrán calcularla más exactamente para los fines de la actividad que debemos desarrollar.

 

Bien: La cifra 10, naciente, tierna e inconsistente, aparece muy débil ante la cifra 90, vieja y formidable, rica y poderosa. Es cierto que la cifra 10 representa la verdad, la moral y la justicia. Que la cifra 90 es lo innoble, es un error, es un despotismo, es la ruina de la raza humana, eso lo sabemos nosotros. Ellos engañan al mundo diciendo y afirmando que son la verdad, la moral y la justicia. Como son más, todavía, como disponen en su proporción de limitados recursos, influyen sobre mucho mayor número que nosotros.

 

Si nuestro naciente poder, aunque tenga toda la razón y posea toda la verdad, no aboca los problemas como debe abocarlos, su desarrollo se atrofia de verdad, aunque algunas apariencias brillosas nos engañen.

 

Si un obrero (como pueden ser muchos) lucha dentro del sindicato para disminuir los efectos de la explotación que sufre, y aporta lo que supone todo su concurso para engrandecer la capacidad del sindicato que está destinada a "disminuir", primero, y a "extinguir", después, la explotación de que somos víctimas, ¿qué resultará, si a la vez que da este concurso al sindicato, también lo da a la religión, sosteniendo con su presencia y con sus ideas las fuerzas religiosas que defienden el sistema que produce de h echo la explotación?.

 

Veamos más claro:

 

Dedicamos 10 horas a construir nuestra obra y 90 horas a conservar las fuerzas que nos destruyen.

 

Este es el caso, sin simulación sofística, ni nada que no sea exacto.

 

De nada sirve que los predicadores de todas las relaciones anuncien el infierno para los explotadores, que condenen la explotación y aún que organicen a los obreros para que se defiendan aparentemente de la explotación, basados en una simple aspiración a mejorar un poco el salario.

 

De nada sirve que los predicadores de todas las religiones anuncien el infierno para los explotadores, que condenen la explotación y aún que organicen a los obreros para que se defiendan aparentemente de la explotación, basados en una simple aspiración a mejorar un poco el salario.

 

De nada sirve que los predicadores religiosos griten y protesten contra la explotación. Resulta hasta una sangrienta burla esa actitud contra nuestros respetables anhelos y derechos para vivir bien; de nada sirve, decimos, toda esa actitud cómica y cínica de los religiosos, si la labor no va a suprimir "las causas" que producen la explotación y la opresión.

 

Mientras las religiones no propongan y procuren llevar a la practícala abolición del régimen del salario y la socialización de los instrumentos de producción, toda reclamación será palabrerío destinado a mantener y prolongar el estado de incertidumbre que existe en la masa trabajadora.

 

Y de esta comedia indigna no debemos hacernos cómplices ni con el silencio ni con la tolerancia.

 

El obrero que de buena fe ingrese al sindicato para destruir las causas que producen la explotación, si de buena fe también continúa de una manera u otra, o dentro de una supuesta tolerancia, sosteniendo ideas religiosas, aunque sólo sea en silencio, ese obrero dará, como hemos dicho antes, 10 partes de sus fuerzas para mejorar su situación, y dará 90 partes de sus fuerzas para mantener las fuerzas que se oponen a su mejoramiento.

 

No nos engañemos. Mientras damos a la naciente fuerza del sindicato sin raíces todavía, todos nuestros entusiasmos y abnegación y a la vez postergamos el examen de las fuerzas religiosas, arraigadas por su vieja existencia, para revelar que ellas son fuerzas retardatarias de bienestar; mientras así obremos, engañados de buena fe, nuestra labor resultará poco fructífera de toda verdad.

 

Nuestro deber es facilitar a los obreros y sus familias elementos de juicio para que puedan apreciar el estado exacto de la sociedad actual; para que puedan ver que las religiones, por todas partes y con todos los medios nos inducen a "conformarnos" con el actual estado de cosas, lo que significa sufrir desde la cuna hasta el sepulcro. Es preciso demostrar que las "fuerzas" de las religiones son formidablemente poderosas, desde todo punto de vista, así en riquezas como en influencias y poder.

 

La más formidable campaña en su contra aún no consigue mellar su poderosa coraza.

 

Esta es una verdad que debemos comprobar para saber dirigir nuestra conducta futura y no detenernos en hablar la verdad, porque todas nuestras debilidades significarán robustecimiento para esa clase de enemigos.

 

Muy hermoso nos parece cuando vemos que el sindicato conquista algunas victorias, que al fin y al cabo, las más grandes obtenidas hasta la fecha no han destruido todavía el feroz yugo del salario ni el alto precio de la vida. Y nos ilusionamos con estas pequeñas victorias.

 

Mientras tanto, las fuerzas que sostienen el yugo del salario y la carestía de la vida, fuerzas arraigadas por la existencia de muchos siglos, continúan intactas, competentes para obtener que resulten ilusorios todos nuestros supuestos éxitos. Esto es lo exacto.

 

Acomodarnos el yugo a nuevas formas, ilusionarnos de que nos molesta menos, será todo lo que se quiera, pero no será liberarnos de su peso.

 

La sugestión religiosa es, en verdad, monstruosamente poderosa, todavía invulnerable; pero también tenemos que convencernos de que el más grande de los poderes puede destrozarse en un instante.

 

Una montaña de granito secular y majestuosa, difícil de destruir con herramientas o máquinas, que requeriría, además, mucho tiempo, podrá volar en un instante convertida en fragmentos con unos cuantos quintales de pólvora y dinamita y con un solo fulminante.

 

No hay ningún explosivo más poderoso que las irradiaciones más perfectas del cerebro. Si las religiones están empeñadas en mantener la atrofia del cerebro de la humanidad, nuestro deber es "desatrofiarle", llevándole elementos de luz en mayor proporción que las tinieblas de que le rodean las religiones, y sólo así podrán estallar, convirtiendo en polvo todos los errores.

 

Para este punto de vista clara está la acción que debe desarrollar todo sindicato: ¡amplia ilustración y acción inteligente!

 

VII

 

 

Es indispensable abordar lo que se llama "la cuestión política" en el seno de los sindicatos, para orientar la conducta de los trabajadores. No habla de política, no tocar este tema, calificarlo de inmundo y no abordar su examen, es sencillamente un proceder poco juicioso y que nos perjudica.

 

La permanente declaración de los sindicatos para no preocuparse de asuntos políticos, la que declara que al sindicato deben venir los obreros a defender sus intereses económicos, sin diferencia de ideas políticas, quiere decir claramente que cada obrero, conservando sus afecciones políticas a los partidos de la clase burguesa y capitalista o sin rumbos al respecto, se refugia en el sindicato sólo para "mejorar" sus condiciones económicas. Todo esto es el más grave de los errores.

 

Si comparamos la situación de cualquier partido burgués con la situación de los sindicatos, fácilmente vemos la diferencia, muy a pesar nuestro; pues los partidos burgueses, por el hecho de ser tradicionales primero, apoyados por la clase rica que los forma y por el gobierno después, con la prensa y literatura abundante par sugestionar y engañar, con poder corruptor en dinero y empleos para alimentar las esperanzas de los fracasados, veremos, pues, que los partidos burgueses incuestionablemente son un poder y una fuerza que podríamos, aunque sea arbitrariamente, evaluar en 90 contra un valor de 10 que atribuyamos a nuestras fuerzas, como lo hemos señalado en el capítulo anterior.

 

La fuerza nuestra recién nace, es tierna, desconocida; la fuerza de los burgueses es vieja, arraigada, añosa, de influencia extendida.

 

Todo esto es útil examinarlo, es necesario a nuestros intereses.

 

¿Qué clase constituyen, representa y qué intereses defienden y hacen prosperar los partidos burgueses?

Sencillamente dicho: son la clase patronal, capitalista, y por lo tanto sólo defienden y hacen prosperar sus intereses de clase rica, que en esa forma significa oprimir y explotar a obreros y empleados de ambos sexos.

 

Pues bien; si ningún obrero juicioso en el sindicato ignora esta situación; ¿puede callarse la boca cuando ingresa al seno del sindicato un obrero que a la vez que viene a luchar para defenderse de la explotación capitalista, se declara antipolítico o permanece afiliado, o da su voto o su opinión favorable a los partidos amparadores de esa explotación capitalista?.

 

Es el caso que hemos dicho: cuando un obrero, a la vez, quiere contribuir al progreso del sindicato y sostiene al partido político de sus supuestas ideas políticas, o sostiene su abstención, es lo mismo que si dedicase 10 horas para ayudar a construir la fuerza obrera y 90 horas a construir o dejar mantenerse la fuerza política de la clase capitalista, que por sus hechos, por sus costumbres es una fuerza absorbedora, que se opone al desarrollo de la fuerza obrera y trata de anularla.

 

Y este error o este anacronismo no es posible mirarlo con indiferencia y callarlo a pretexto de tolerancia o respeto por las ideas de cada cual.

 

Desde que la existencia de la acción "política" determina el encarecimiento y condiciones de la vida y la restricción de iniciativas, actividades y libertades, no puede ser, por hoy, la política un asunto que no interese a la clase obrera y proletaria organizada.

 

Desde que toda la vida económica, así el salario, el costo de la vida económica, impuestos, resultan establecidos por las fuerzas políticas, al sabor de la clase patronal, no puede ser la cuestión política un asunto indiferente para el sindicato.

 

Existen ya sindicatos que han estampado en sus estatutos esta declaración; "En obligación de todo afiliado negar su voto político a candidatos de la clase capitalista". Esto ya no debe ser temido. La experiencia nos prueba que quizá más del 95 por ciento de los que ingresan al sindicato, no traen ideas arraigadas ni compromisos de carácter religioso o político.

 

Es un hecho que el obrero religioso y partidario político de cualquier partido burgués y tradicional, rehuye venir al sindicato y hasta es su enemigo preferido.

 

Entonces hay un motivo serio para que el sindicato contenga una declaración precisa que instruya a cada afiliado en lo que significa servir directa o indirectamente los intereses de cualquier partido político de la clase capitalista.

 

Aún más, es necesario que el sindicato, por todos los medios de que disponga, instruya permanentemente a sus afiliados acerca del grave peligro que significa la organización política de la clase capitalista, y esta clase de instrucción traspasando los límites del sindicato penetrará en todos los campos de la vida obrera, y es seguro que dará felices resultados.

 

Es claro que un obrero al reconocer la necesidad de fortalecer la fuerza del sindicato, es que se ha convencido de que para el mejoramiento de sus condiciones de vida no tiene otro recurso porque la clase capitalista no otorga espontáneamente ningún mejoramiento.

 

Pero la ingenuidad es muy poderosa todavía. Se supone que la cuestión política es una cosa sin relaciones con la cuestión económica que afecta la vida obrera, y un gran número de obreros no ha podido convencerse todavía de que toda la "cuestión política" de la clase capitalista es un instrumento de doble acción; hace el efecto de embriaguez, apareciendo en forma de esperanzas e ilusiones, que entretienen a los pueblos; y resulta, la cuestión política, eficazmente el mejor instrumento que garantiza a la clase capitalista "solamente" la libertad de acción para aprovecharse de situaciones privilegiadas que le permitan enriquecerse rápida y grandemente, a costa de la inicua, de la infamemente imponderable y rapaz explotación del trabajo y por medio de las muchas leyes protectoras que en beneficio de ella se dicta.

 

Ya vemos, pues, por los hechos y la experiencia, que el "poder político", que la "cuestión política", es el factor que permite la agonía económica y la esclavización de la clase obrera contra el exceso de riqueza y libertad de la clase enriquecida con sus procedimientos.

 

El socialista que en el seno del sindicato se abstiene de dar a conocer la ventaja de su táctica, ¿revela tener confianza en ella?, ¿es leal con su doctrina cuando calla?.

 

He ahí las razones preponderantes porque estimamos que la acción política no solamente debe ser un factor de estudio y de preocupación para el sindicato sino que estimamos todavía que el sindicato mismo debe ser de hecho una fuerza política de clase -como forzosamente han tenido que llegar a resolverlo los sindicatos ingleses y norteamericanos- y que no pudiendo su programa ser fundamentalmente diferente del programa socialista en cuanto significa la abolición del sistema capitalista de producción, es un hecho que cada sindicato, al constituirse una política, y para obtener el mejor rendimiento de esa fuerza, vendría a resultar evidentemente una sección del Partido Socialista. Es verdad que el "prejuicio" hace que los obreros repitan lo que dicen los voceros del capital: "aquí" no es aplicable lo que se hace "allá" por patente que sean sus buenos resultados. (¿?)

 

En este el punto de vista más amplio que nos... [Faltan en el libro original, por haberse extraviado, las páginas relativas a la terminación de este capítulo y el comienzo del capítulo VIII cuyo título por el mismo motivo, no podemos consignar]